CUENTOS DE LUGARES ENCANTADOS: EL VIGIA DE LIMPIOPUNGO

Has estado alguna vez en Limpiopungo? Es una planicie al pie del Cotopaxi. Silencio y belleza caracterizan aquel lugar. Como sembradas por una mano invisible, aparecen por todos lados enormes piedras arrojadas por el temible volcán. La planicie y su pequeña laguna se encuentran encerradas en un cerco de colinas dominadas por el imponente Cotopaxi. En uno de los costados de esta muralla natural se destaca una gran roca. Se asemeja a un indígena en actitud de vigilancia. Cuando se la observa fijamente, parece que desea decir algo.



Los vecinos de esas soledades cuentan que a veces, cuando los viajeros ponen especial interés en la roca, sale de ella su alma, Rumiaya, y les relata su historia:

Rumiaya es un pastorcillo indígena. Grueso poncho de lana de llama lo cubre casi totalmente. Zamarros y gorro muy abrigados lo protegen del frío. Los ojos negros le brillan como cristales. Se parece a los campesinos que pueblan actualmente los sectores de Tigua y Sumbagua (Ecuador).

Rumiaya se presenta ante los viajeros, los deslumbra con su mirada y empieza a hablar:
-Me llamo Rumiaya, el alma de la piedra. Vivo en la roca.
Ésta es una noche especial y puedo contar mi historia. Alguien ha puesto más atención de lo común en mi figura y eso produce mi liberación temporal.
Hace mucho tiempo, sólo los llamingos y los naturales andábamos por el monte. Aquí había una inmensa laguna; sus aguas llegaban hasta los mismos pies de esta gran roca.

En cuanto amanecía, sacaba a pastar las llamas y me sentaba en la orilla. Podía pasar horas enteras junto a mi laguna sin cansarme. Esta me llamaba, siempre me llamaba con el azul profundo de sus aguas. Yo la quería; su frío y su soledad eran mi encanto.

Cierto día, cuando la contemplaba embelesado, una de las llamas pequeñas se acercó mucho y cayó al agua.

Sin pensarlo dos veces, corrí a salvarla. Entré en la laguna y empecé a hundirme. Era como si el agua abriera sus brazos helados para recibir mi cuerpo.

Todo me daba vueltas y se hizo la oscuridad. Un terrible frío me invadió. Yo ya no era de esta vida.


De pronto, el gran dios de la montaña vino hacia mí. Con voz casi apagada imploré:
-¡Gran dios de la montaña, creo que voy a morir! ¡Qué será de mi amada laguna y qué hará mi alma sin verla! Si muero, ¡déjame junto a ella!

Con voz de viento, el gran dios susurró:
-Tu deseo será cumplido. Descansarás eternamente junto al agua en forma de roca. Pero ya que eres tan leal al páramo y a su laguna, mereces que tu historia se conozca.

Desde ahora serás Rumiaya, el alma de la piedra. Cuando alguien demuestre interés por ti, por descubrir lo que representas, tomarás la forma humana y contarás tu historia.

Alzó su rayo sagrado y me convirtió en roca. Mi amada laguna y yo estaríamos juntos para siempre.

Han pasado los siglos. Los dioses ya no andan como antes por el monte. Mi laguna se está secando. Cuando ella desaparezca, también lo haré yo. Rodaré por el barranco y me haré polvo.

Este día, viajeros, ustedes se han interesado por mí y he venido a contarles mi historia. El tiempo se acaba y debo volver a mi lugar.

Misteriosamente, como viene, Rumiaya desaparece en la noche, dejando tras de sí un aire de melancolía.



Mito anónimo ecuatoriano
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