LA NUEVA BURBUJA INMOBILIARIA EN EL ESPACIO


José Vicente Díaz quiere viajar a Marte sin billete de vuelta. De hecho, puede que lo consiga. Él es uno de los 700 preseleccionados del proyecto Mars One, que arrancó hace apenas dos años con el fin de crear la primera colonia humana en el planeta oxidado. La fecha no suena muy lejana: 2025.

Fundada por los holandeses Bas Landsdorp y Arno Wielders con un capital privado de 6.000 millones de euros, Mars One supone el último desafío a las agencias espaciales. También representa el Big Bang de la privatización de la industria sideral y la colonización turística de los planetas y satélites cercanos a la Tierra. Entonces, ¿estamos ante una nueva burbuja inmobiliaria?, ¿un emplazamiento alternativo para Marina d’Or?

Vayamos por partes. Para entender cómo hemos llegado hasta aquí hace falta remontarse a la década de los ochenta, cuando el empresario Daniel Hope desafió a las agencias gubernamentales que hasta el momento monopolizaban el sector interestelar: en 1980, Hope registró a su nombre la Luna y todos los planetas del sistema solar. Actualmente vende unas 40 parcelas por día (a unos 3,5 dólares la hectárea) y asegura haber ganado 8 millones de dólares desde entonces, aunque otras fuentes hablan de una fortuna mucho mayor.

¿Su truco? Hope localizó un agujero legal que catapultaría a un montón de cowboys capitalistas a una carrera espacial que ya no enfrenta a Estados Unidos y la URSS; al contrario, ahora los planetas son para quien pueda pagárselos. El motivo de esta circunstancia es que la única ley consensuada que rige la parte financiera de la exploración galáctica es El Tratado del Espacio Exterior, que fue adoptado en 1967 y conforma la base del derecho internacional en el espacio. Allí se dice que está prohibido que cualquier país o gobierno reclame la soberanía sobre órganos interestelares con fines lucrativos o militares. Pero Hope le encontró la brecha más tonta y visionaria: “Esta ley no prohíbe expresamente a las empresas privadas y a los individuos poseer estas propiedades”.

Gran Hermano en el planeta rojo


De modo que mientras la burocracia espacial no redacte un nuevo tratado que combata el ataque liberal, el negocio seguirá en alza, legitimándose día a día a base de cuantiosas transacciones y bufetes de abogados.

Y aunque Mars One está en fase de simulacro en la Tierra (la localización se mantiene en secreto), hasta la fecha ya ha recibido más de 200.000 solicitudes. En 2018 mandará la primera misión no tripulada al planeta rojo, y en 2025 los primeros colonos aterrizarán para perforar el suelo y cultivar los primeros alimentos con la ayuda de paneles solares.

Colonizar un planeta es caro, pero aquí viene lo bueno: Mars One planea cubrir sus costes mediante un canal de televisión, un show en el que se combinen las “noticias desde Marte”, la cobertura de aterrizajes y despegues y los sorteos de pasajes. Lansdorp confía en la respuesta de la audiencia: “Cuando vimos que los Juegos Olímpicos generaron unos ingresos de 4.000 millones en derechos de transmisión y patrocinios, pensamos: ¡Guau, esto podría ser una realidad! El evento más grande en la historia de la humanidad va a valer mucho más que eso”, dijo a Newsweek. Los holandeses no van muy desencaminados, pues ya han conseguido que un gran fondo de inversiones del Reino Unido esté considerando financiar la misión entera.

Mars One será una fuente de contenidos regulares sobre la construcción de la primera ciudad en Marte. Las cadenas CBS, NBC y ABC ya han hecho sus cálculos, pero no han querido compartirlos con los medios de comunicación.

Las chequeras ganan a los científicos


Los burócratas —como los cowboys los llamarían— intentan frenar la privatización de la exploración espacial: desde la UNOOSA (Oficina de Naciones Unidas para Asuntos del Espacio Exterior) se defiende que los estados son responsables de las actividades interestelares de sus ciudadanos, pero ni la NASA (con cuatro misiones a Marte en marcha, todas con billete de vuelta y con perspectivas para 2030) ni la Agencia Espacial Europea tienen los recursos necesarios. Sólo China, con su proyecto de establecerse en la Luna como acto de poderío nacional, puede recuperar el espíritu patriótico de las misiones espaciales.

Los exploradores privados son imparables, e incluso astrónomos reputados como el británico Martin Rees opinan que ellos son la respuesta a muchos de los problemas del sector: la competencia abarata los precios, evita tragedias de estado como las de los transbordadores Challenger o Columbia y también permite patrocinios y modelos de financiación más realistas y a prueba de recortes. Por eso hoy los millonarios son la puerta de entrada al negocio de turismo espacial, que en vista de la obsolescencia de algunos destinos y modelos terrestres, ya no suena tan descabellado.

O lo que es igual, el astronauta del futuro es un niño que creció viendo las conexiones con el Apolo 11 en el televisor, y que descubrió que el material del que están hechos sus sueños se llama dinero.



Vía: Playground
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