CULTURA

BUTÁN, EL PAÍS QUE MIDE LA FELICIDAD DE SUS HABITANTES Y QUE DEBERÍA SER COPIADO EN EL RESTO DE PAÍSES

Cuando el país de Bután empezó a abrirse al resto del mundo, se pudo ver lo pintoresco y fascinante de su cultura antigua y moderna. Fue a mediados del siglo pasado, y sobre todo a finales, cuando el reino de Bután comenzó a perder el hermetismo que lo caracterizaba.

Para encontrar el equilibrio entre esta apertura al exterior y la conservación de las tradiciones del pueblo, se creó el concepto de Felicidad Interior Bruta, el sustituto butanés al PIB, o Producto Interior Bruto, que es una baremo económico a nivel mundial que se utiliza para conocer el nivel de riqueza de un país y su nivel de bienestar considerando la cantidad de bienes y servicios útiles disponibles para una persona dentro de un país y contando con tres factores: productividad, bajo la medida del valor monetario de la cantidad de bienes y servicios que produce un trabajador/a en un hora; el ratio de empleados por población o porcentaje de la población total que tiene un trabajo remunerado, y el número de horas trabajadas por cada empleado/a al año.

La Felicidad Interior Bruta persigue intensificar el bienestar humano a partir de la garantía de ciertos derechos y parámetros sociales. El concepto de Felicidad Interior Bruta se basa en la premisa que el verdadero desarrollo de la sociedad humana se encuentra en la complementación y refuerzo mutuo del desarrollo material y espiritual. Los cuatro pilares de éste son: la promoción del desarrollo socioeconómico sostenible , la preservación y promoción de valores culturales, la conservación del medio ambiente y el establecimiento de un buen gobierno.

Una de las principales críticas al PIB o Producto Interior Bruto es que “es insensible al agotamiento de los recursos naturales que frecuentemente acompaña a las actividades económicas”, apunta Jordi Roca Jusmet, catedrático de Teoría Económica de la Universidad de Barcelona.

Para Roca Jusmet, “las variaciones del patrimonio natural no afectan al PIB, de forma que el ‘éxito económico’ de una economía puede esconder la destrucción acelerada de los recursos de los que depende sin que el PIB no dé ningún aviso de ello”.

El PIB, en cuanto mide sintéticamente la actividad económica, es sencillo y fácil de aplicar; de hecho, su evolución positiva o negativa determina en buena medida el éxito o el fracaso de un gobierno, pero es limitado, pues obvia cuestiones cada vez más relevantes para las sociedades desarrolladas, como el tiempo dedicado al trabajo y el valor de los ecosistemas.

Cada vez más economistas rechazan la idea de que más PIB signifique más bienestar. Puede subir el PIB y a la vez aumentar el número de deseempleados y dispararse las desigualdades.

La OCDE también ha iniciado un proceso de reflexión pues los 50 años de progreso económico no se han traducido en que los ciudadanos se sientan más felices y constata que la crisis económica invita con más vigor a que los gobiernos se afanen en hacer un diagnóstico más sofisticado de los escollos que limitan el bienestar.

La Encuesta Mundial de Valores fija mecanismos para determinar el grado de satisfacción vital; por ejemplo, en Estados Unidos la satisfacción vital se ha estancado desde los años setenta: el consumo ha aumentado, tienen autos más grandes, pero trabajan más horas y se declaran menos felices”

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