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LECTURA GRATUITA: LA HORDA DE LOS CONDENADOS (NOVELA: MIKEL LÓPEZ-DÁVILA)


CONDENADO:


Se le dice a aquel que se ha hecho merecedor de la pena eterna. El que ha sido castigado con el Infierno. Desde la cosmovisión andina, también son conocidos como manchachiku (‘lo que asusta’) o aya (‘muerto’) y se hacen presentes tanto en la costa como en la sierra andina para acarrear la muerte de sus paisanos, en muchos casos comiendo sus carnes.
Según las recopilaciones de Javier Zapata Innocenzi, asumen la forma de un espectro transparente o de una persona infestada de piojos o gusanos o de un caballero silencioso o de una sombra negra, hasta de un aire frío que eriza la piel, entre otras cosas.

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INTRODUCCIÓN


17 de mayo de 1980

Caía la tarde en el tranquilo poblado de Cototo en los Andes centrales del occidente de Sudamérica cuando un enardecido grupo de condenados ingresó a sus fronteras. El primero de ellos, uno delgado que llevaba una boina negra que ensombrecía la enorme cicatriz de su rostro, dio un rugido feroz que al instante fue interpretado como una orden por los demás condenados que corrieron a matar y saquear las casas de los que vivían ahí.
Los condenados, entre torpes y raudos movimientos, iban avanzando, empujándose entre ellos, disparando y lanzando machetazos a diestra y siniestra.
Los pobladores huían desordenadamente. Algunos con las tripas colgando antes de desplomarse en el suelo, otros con las gargantas abiertas, salpicando sangre por todas partes. Los más afortunados, se ocultaban o corrían con las fauces desencajadas, algunos en silencio, otros llorando o gritando, pero todos bañados de terror y desesperación.
Siempre un valiente, o quizás enojado poblador, intentaba defenderse con lo que tenía a la mano, pero infructíferamente era abatido por el número de condenados, que siendo mayor que el de los pobladores, daba la impresión de un infernal festín hecho para una jauría de salvajes perros hambrientos. 
La plaza principal con su pileta colonial, sus callecitas empedradas, sus jardines; todo se hallaba desolado por el mortuorio arrebol causado por los cuerpos cercenados que iban juntándose a montones. Algunos incluso, al ser descubiertos en agonía, eran rematados acallando sus quejidos.
Los condenados más perspicaces rebuscaban entre los muebles de las casas. Su misión era no dejar a ningún humano con vida.


En una de aquellas casas rurales, el señor Ñahuis ocultó a su pequeña hija de siete años y a su esposa en un armario empotrado en la pared de adobe, cubrió la entrada con un estante, y se aferró a la esperanza de que no fuesen encontradas. Sentado en una silla que colocó frente a la puerta, se puso a chacchar hojas de coca mientras sostenía una escopeta entre su regazo a la espera de que los invasores irrumpieran en su casa.
Del otro lado del armario, la señora Ñahuis y su hija escucharon el estruendo de una puerta siendo golpeada, un disparo que fue sucedido por un feroz gruñido y luego los desgarradores gritos de su esposo. Después, silencio, que al poco tiempo fue corrompido por el sonido de unos pasos arrastrándose. A veces también por el silbar de una nariz olfateando cerca al escondite. Luego, cesaba produciéndose un nuevo silencio. Por un instante parecía todo calma. La señora Ñahuis intentaba respirar lo menos posible y cubría la boca de su hija para evitar cualquier ruido. De repente, aquel mueble que las cubría fue lanzado dejándolas al descubierto.
Frente a ellas un inmenso y regordete condenado de cara porcina sonreía endemoniadamente. Atrás de él podía verse el cuerpo desmembrado del señor Ñahuis. Parado a su custodia aquel delgado condenado de la boina negra con la fea cicatriz en la cara mantenía un gesto inexpresivo.
Dígame, jefe, ¿las mato ahora o que se las coman vivas? —el regordete condenado elevó su machete ensangrentado a la altura de su cabeza.
El de la cicatriz no dijo nada. Se quedó observando minuciosamente a la joven madre que abrazaba desesperadamente a su hija, quien no paraba de llorar.
La quiero para mi colección —dijo finalmente.
El regordete carcajeó escupiendo saliva mientras asió a la mujer de uno de sus brazos con la intención de separarla de la niña para luego lanzarla a los pies de su jefe.
Nunca he entendido esa extraña fascinación suya por las hembras humanas —rio maliciosamente mientras guardaba su machete.
¡Que no te importe! —fue su parca respuesta. Luego hizo una pausa—. La primera vez fue por venganza… Ellos violaron a nuestras hembras, las prostituyeron… Ahora hago lo mismo con las suyas… por placer.
Bueno, jefe. —Se volteó ocultando su rostro de desagrado—. Yo estaré afuera haciendo guardia.
La puerta fue golpeada fuertemente por el regordete condenado al salir.
La mujer que no comprendía que aquel intercambio de gruñidos era una conversación que daba una cruel sentencia para ella y su hija, rogó al de la cicatriz que no les hiciera daño. Pero él tampoco comprendía su lenguaje, y no habiendo oportunidad de una comunicación fructuosa, solo atinó a inclinarse para levantarla suavemente de los hombros. Teniéndola parada ante él, la volteó de un empujón e inclinándola contra la mesa le rompió el vestido y la violó. La mujer gritaba adolorida mientras observaba a su hija paralizada frente a ella, inútil, con los ojos idos e insondables.
Intentando conservar parte de su dignidad, procuró no llorar a pesar de encontrarse frente a su descuartizado esposo, al cual suplicaba su perdón.
Terminado de satisfacerse, el de la cicatriz estrujó su cuchillo militar en el cuello de la mujer esparciendo su sangre sobre la mesa. Luego, se paró frente a la niña que azorada observaba los ojos del condenado que parecían estar hechos de fuego, como una espectral figura de furia. De repente, una inesperada explosión derribó parte de la casa haciéndolo caer. Ante él una intensa humareda de polvo se colaba por los escombros que desde afuera se mezclaban con los confusos gruñidos de los demás condenados que se veían correr atontados de un lado a otro.
El de la cicatriz salió de entre los residuos de pared, blasfemando a su regordete guardián, pero este yacía partido por la mitad con los órganos podridos cubiertos de tierra.
¡Jefe, los humanos! —lloriqueó el regordete.
Un nuevo cañonazo estalló ensordecedoramente contra la casa vecina haciendo volar en pedazos a los condenados que se encontraban ahí.
¡Jefe, los humanos! —volvió a decir.
Después de ello, el de la cicatriz le clavó su cuchillo en la frente, dejándolo muerto.
Las explosiones iban y venían ahuyentando a los condenados que escapaban envueltos en polvo y cenizas.
¡Tenemos que irnos Samuel, son más…! —gritó un cadavérico condenado que apareció corriendo— ¡Tenemos que irnos, jefe! —insistió.
Nos superan en número —dijo otro que saltó velozmente a su izquierda.
¡Retirada! —gruñó el de la cicatriz—. ¡Retirada! —volvió a decir malhumorado.
Los condenados sobrevivientes corrieron cuesta abajo cruzando una pendiente hasta alejarse lo suficiente para no ser alcanzados por el fuego de las armas.

En pocos minutos, un corregimiento paramilitar se desplegó en el poblado destruido de Cototo. Pocos sobrevivientes humanos se lograron rescatar.
Esta maldita guerra. No podemos estar en todas partes —sentenció el coronel Rodríguez, antiguo servidor de las fuerzas militares de lo que en algún tiempo fue una nación llamada Perú—. Muertos hijos de puta —escupió en uno de los condenados inertes que se encontraba a sus pies—. Vamos a ver qué vivitos encontramos Josué —ordenó a su secuaz—. Tú también Arellano —le hizo un gesto a su lugarteniente.
Aquella tarde, los paramilitares buscaron entre los escombros a los sobrevivientes y se retiraron al día siguiente cuando creyeron tener a todos a salvo. La niña (hija de los Ñahuis), sin embargo, no fue encontrada hasta dos días después, cuando una caravana de monjas condenadas del convento de Yachay que pasaba por ahí escucharon su llanto.
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 LA HORDA

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