CUENTOS

LA QUINTA OLA (CUENTO DE MIKEL LOPEZ-DAVILA)

La pintura de la portada pertenece a Antonio Berni (1905-1981) fue un pintor, grabador y muralista argentino. ​Algunos de sus personajes más notables representan los sectores más bajos y olvidados de su país.



Me estoy perturbando lo sé. Lo he sabido desde el momento en que la sal de mis lágrimas cesó su recorrido en mis labios, para mezclarse con el pedazo del bolo alimenticio que se convirtió mi hijo. Lo he sabido también porque el sabor de su carne dejó de ser nauseabundo para convertirse en algo agradable; muy similar a la carne de cerdo, sólo que más fibrosa y blanda.
Mi esposa al principio también lloraba, pero con el tiempo el hambre la arrastró hacia aquella sensación de placer que sólo aquel que haya probado es capaz de describir ¿Sabías que la carne humana entra en la categoría de carnes rojas igual que la vacuna? ¿Sabías que a diferencia de las carnes que tradicionalmente ingerimos, la humana posee doce gramos de proteínas más y por tanto es más nutritiva?
El placer de comer carne humana no es algo que nos enorgullece, sin embargo, se ha convertido en una costumbre familiar que ha ido menoscabando nuestro espíritu hasta convertirlo en vacío que escapa de los ojos envuelto con el recuerdo de nuestro difunto hijo. A veces, el vacío, parece que intenta alejarse entre los quehaceres del hogar, pero nuevamente llega el hambre y su memoria se suspende en el comedor cuando descubro a mi esposa, detenida, observando a mi hija que, en su inocencia, pide que le sirvamos un poco más de aquel exquisito cerdo que hemos cocinado para el almuerzo. Entonces empiezo a temer por mi hija. Y temo porque amo a mi pequeña Naida. Mi mujer no sería capaz… Ella, es tan dulce, a sus cinco añitos goza de vida. Ella siempre ha sido mi engreída. Y qué paradójico se contempla la situación, cuando escucho su vocecita diciéndonos papás, no monstruos, no inhumanos, sino papás. Nos sigue llamando así, pienso yo, por aquella necesidad instintiva de refugio y subsistencia que en millones de años la evolución no ha logrado superar. Porque somos tan dependientes hasta que morimos, sólo que la dependencia va cambiando con la edad, pero de alguna u otra manera requerimos de los demás para vivir, sea de un padre, un jefe, un gobierno. No hemos logado descubrir nuestra total independencia. De esa manera, mi hijita depende de nosotros, de sus padres que la visten, que la hacen jugar, que la educan en casa para que siga al corriente de sus estudios a pesar de encontrarnos más de un año en cuarentena... Sobre todo, la alimentamos para que no perezca de hambre. Así sea con la misma carne que su hermano mayor de ocho años nos proveyó con su cuerpo al morir. Pero que fácil será para ti que lees mi historia juzgarnos. ¡Oh, que bestialidad! ¡Que horrendas personas son por alimentar a su hija con la carne de su hermano! ¡¿Cómo puede existir alguien así?! ¡Son despreciables! —eso es lo que estás pensando en este momento— ¡Padres del demonio, seres desnaturalizados! —Sí, eso es lo que piensas en estos momentos y puedo imaginar como tus labios lo pronuncian—. Estoy seguro que no es difícil, para alguien tan absurdo como un lector, juzgar a personajes, que al igual que tú, poseen sentimientos confusos y complejos. Y sufren y padecen las vicisitudes llevadas al extremo por las psicópatas manos de su escritor. Pero acá no he venido a filosofarte, tampoco a excusarme de la muerte de mi hijo, casi inexistente por su breve aparición en esta historia. He venido a desfogarme por tus ojos, mientras lees el padecimiento que nos llevó, a mi esposa y a mí, a volvernos tan humanos e inhumanos como tú.
Todo empezó el dieciséis de marzo del año dos mil veinte, cuando dio inicio la cuarentena en mi país. Meses antes la pandemia había iniciado en los países extranjeros y poco a poco el mundo fue acatando las órdenes de aislamiento obligatorio que empezaron en el continente asiático, posteriormente en Europa y así hasta los demás continentes. Junto con ellos empezó el estado de emergencia que arrastraría un sinfín de restricciones y problemas de diversas índoles que afectarían a todas las clases sociales. Sobre todo, a mí que perteneciendo a la denominada clase social pudiente (de los más ricos), semanas antes, una cadena de acontecimientos inesperados y malas inversiones produjeron que entrara en banca rota. Sin embargo, en el momento que correspondía hacerlo público sucedió que un virus nos obligó a refugiarnos en nuestro hogar excluyéndonos de cualquier actividad no relacionada a las de primera necesidad.
La primera ola no fue tan mala. En apariencia seguíamos siendo pudientes y una de las familias más importantes económicamente hablando, así que podíamos disfrutar de los lujos de nuestro hogar de ensueño con divertidos juegos, amplios jardines, piscina temperada, jacuzzi entre muchas otras cosas. La despensa, aunque no tan abastecida como en mis momentos de gloria, mantenía los suficientes alimentos para un trimestre. Tiempo necesario para que esta cuarentena culminara. Luego de eso remataría la empresa y quizás mi auto de lujo. Con el dinero obtenido podríamos seguir viviendo aquí o mudarnos a una casa un poco más pequeña, pero con las mismas comodidades. Me salvaría financieramente, debido a mis nexos con el Gobierno que, luego de hacer pública la bancarrota, me lanzarían un rescate financiero y pronto recuperaría mi posición, muy probablemente en un corto tiempo. Pero nadie esperó que este aislamiento se prolongara más de un año.
Sucedió a éste, la segunda ola. Para entonces la despensa se había acabado y mi dinero, debido a implicancias relacionadas con algunos de mis accionistas que eran corruptos del Gobierno, había quedado congelado en un proceso judicial que se resolvería rápidamente, pero que, dada la situación, ahora no tenía fecha. Para estos tiempos ya me había hecho la idea de contactar con algunos colegas para pedirles prestado o venderles algunas cosas de valor, sin embargo, habían pasado cuatro meses y el confinamiento obligatorio no permitía ejercer a la gran mayoría de empresarios por lo cual no querían arriesgarse conmigo.
Para la tercera ola, es decir, luego de ocho meses, el hambre nos apretaba como nunca. En nuestra vida mi familia había experimentado un estado de abandono tan grande y moral que la felicidad ya no habitaba entre nosotros. Los juegos no divertían y las cosas bonitas eran odiosas e insoportables. A penas podíamos distraernos con la televisión o el internet para olvidar el hambre. Pero el hambre, es un ente vivo y vil que atosiga infernalmente con el reclamo de tus hijos. Ante tal desesperación cierta tarde invité a mi familia a una parrillada en nuestra terraza. Como nunca había decorado con globos y otras cosas. Quería nuevamente verlos sonreír. Ya no soportaba las demandas de mi mujer y su llanto. Por eso, ese día les daría carne. Así fue. Llegada la hora de almuerzo se sorprendieron con el buffet que había hecho con algunas conservas que aún nos quedaban, y carne, carne por doquier, jugosa carne que salía humeante de la parrilla, con un olor de especias y hierbas que había improvisado con plantas de mi jardín. Aquel día disfrutaron. Como hace mucho tiempo los vi jugando y riendo. Mi esposa me preguntó contenta cómo había hecho para conseguir la carne y yo le respondí que un colega vino a dejármela como pago por una deuda. Entonces seguían riendo hasta que ya satisfecha mi hija preguntó por Lazy, su perrita de raza pequeña, entonces le dije que mi amigo veterinario se la había llevado por un tiempo porque se sentía mal. En ese momento mi esposa entre incrédula y asco me observó por un momento, luego siguió comiendo.
Para la cuarta ola, la poca carne que había podido conseguir ya se había acabado, por más que había hecho lo posible por prolongarlo no había durado más que un mes. Luego de eso, había salido en mi carro en búsqueda de algún perro callejero para alimentarnos pero, debido a la zona en la que vivía, no encontraba ninguno. Sucedió un día que, alejado de mi distrito, por lugares nunca frecuentados, donde las casas suelen ser pequeñas y de poco glamour, fui intervenido por policías que me retuvieron veinticuatro horas argumentando que el confinamiento era obligatorio y por tanto no debía salir. Eso jamás me había pasado. Por más reclamos que hacía, descubrí que las leyes habían cambiado, el mundo ya no era el mismo.  Mi supuesta posición no me hacía diferente a un menesteroso, menesteroso que era en realidad.
Estuvimos padeciendo hambre, alimentándonos de palomas cuando en alguna ocasión podía cazarlas arrojándoles una piedra. Cosa que tampoco pasaba con frecuencia ya que no suelen venir esos bichos por acá. Fue justamente en una de esas ocasiones cuando mi hijo, quien me ayudaba a atrapar uno de esos bichos, subió hasta el alto tejado y por intentar acercarse a ella resbaló cayendo en el lado hondo de la piscina. Mi hijo nunca aprendió a nadar así que desesperadamente me pedía auxilio intentando mantenerse a flote. Mi primera reacción fue saltar para salvarlo, pero entre mi terror una sombría idea me detuvo, tal vez, si él muriera no padecería más hambre, ya no se le vería nuevamente su cuerpecito demacrado por la desnutrición y su rostro antes hermoso con brillante cabello castaño se volvería el recuerdo que siempre he querido tener de él. Lo amaba, tanto que no podía dejarlo vivir en este mundo. Él gritaba pidiéndome ayuda y mis lágrimas resbalaban por mis mejillas hasta mis labios que temblaban al contener un grito de horror.
Después de eso, nos hemos alimentado, con el cuerpo de mi hijo por un mes. La cuarta ola ya pasó y el presidente ha dicho por televisión (tras mucho tiempo), que estamos entrando a la quinta ola. Dice que durará tan sólo un mes debido a que el virus por fin está desapareciendo pero que de todos modos debemos ser precavidos y no exponernos. Mientras tanto, muchas de las restricciones han sido levantadas. Ahora podemos salir de casa, las movilizaciones ya se pueden realizar y algunas empresas han empezado a ejercer sus actividades. Según el presidente, la economía se recuperará paulatinamente en un par de años ¿Pero para mí? ¿Qué queda para mí? Estoy en la pobreza, tras una aparente riqueza… ¿Y mi humanidad? Mi humanidad también ha perecido al morir mi hijo, pero de ella sólo queda disponible mi pequeña Naida, mi amada Naidita a la que daré lo mejor para que pueda ser feliz y no pierda su humanidad como sucedió con sus padres. Es por eso que hoy todos nos hemos vestido de lo más lindo. No reconocía mi rostro luego de afeitarme y cortarme el cabello. Mi esposa también se ve hermosa luego de tanto aseo (a pesar de su enjuto cuerpo). No sabía que podíamos parecernos tanto a personas normales; eso, y la apariencia de personas adineradas, es un punto a nuestro favor. Lo usaremos para lograr nuestro cometido en el lugar a donde estamos yendo en este momento… Y mi hijita, es preciosa. Sigue tan dulce y cariñosa como siempre. Ella brinca en el auto con su vestidito nuevo que conservé en un cajón durante la cuarentena. Si la vieras, está como loca llena de felicidad diciendo que por fin podremos ir a ver a su hermano que está en el hospital. Yo le digo que no se preocupe, que ya nos avisó el doctor que debido a que su hermano estaba muy malito lo han cambiado por uno nuevo. Justamente vamos por él a la central de adopciones. Verá cómo le conseguiremos un hermano nuevo, bien gordito y sanito que seguramente nos acompañará un par de meses hasta que se nos acabe el alimento y regresemos por otro a la central de adopciones.

Autor: Mikel López-Dávila (cuento inédito de la próxima serie "Cuentos de cuarentena")


..............................................................................................................................................................


¿TE GUSTO ESTE CUENTO?

Entérate de las nuevas novedades del autor y lee más de sus historias


About Miguel E. López

0 comentarios:

Publicar un comentario

Con tecnología de Blogger.