CUENTOS

LA GRAN SABIDURÍA DEL REY SALOMÓN (CUENTO DE MIKEL LÓPEZ-DÁVILA)

Pintura de Jean-Paul Laurens, "El papa Formoso y Esteban VI", 1870. Sobre el juicio eclesiástico póstumo del papa Formoso.


Se conocía a lo largo y ancho de su poderío, que el rey Salomón era sabio. Por eso, ante él, desfilaban ciudadanos de todas las condiciones económicas y sociales para que les dieran solución a sus problemas. Algunos hombres eran pobres y otros ricos, algunos amos y otros esclavos, también comerciantes y recaudadores de impuestos o plebeyos y nobles iban en busca de su rey. Y las justicias que él impartía eran leyes que debían de cumplirse.

Sucedió un día que ante él se presentó un rico comerciante y un hombre pobre vestido de harapos. El rico comerciante demandaba que el hombre pobre le debía la cuantiosa suma de doce mil talentos, una cantidad estratosférica para un hombre de su condición. Entonces luego de haber escuchado las demandas de uno y las defensas del otro, el rey Salomón, ordenó que se vendiera la choza del hombre con sus pocas pertenencias y que, a él, a su mujer y a su hijo los vendieran como esclavos. Con eso se podría alcanzar la mayor parte del dinero adeudado. En ese instante, el hombre pobre cayó llorando terriblemente a los pies de su rey rogándole que lo perdonara, que trabajaría desde aquel momento con ahínco para pagarle al rico comerciante hasta el último talento, pero que no le castigara con tal infortunio porque su familia sufriría. Así decía mientras lloraba como nadie. Entonces el rey Salomón preguntó al rico comerciante ¿Es acaso que no te compadece este pobre hombre? ¿Crees que merece que lo perdonemos? Sin embargo, el rico comerciante, indiferente al dolor del pobre hombre solicitó que se hiciera justicia como su rey había dicho porque él quería el retorno de su dinero. Entonces Salomón frotándose las barbas, le preguntó al administrador de su reino que se encontraba a su diestra ¿Cuánto es que nos pagan los ricos como impuesto por hacer uso de nuestras tierras? El cinco por ciento mi rey, respondió ¿Cuánto nos pagan los pobres que viven en las casas construidas por los ricos que quedan en mis tierras?, volvió a preguntar Salomón. El diez por ciento mi rey. Entonces volviéndose hacia el rico comerciante preguntó ¿No es acaso que tú eres el más rico de los hombres de este reino? ¿No eres tú el que posee la mayor cantidad de mis tierras y por tanto construyes casas para arrendarlas al pueblo? ¿No es así como te ganas la vida? Así es mi señor, respondió el rico comerciante ¿Y por qué el porcentaje de impuestos que me pagas se rige en proporción del tamaño de tu casa y no del tamaño de cada una de tus casas que son las de los pobres también? ¿Por qué a ellos tú les cobras cuantiosas sumas de dinero y son ellos los que pagan el impuesto que te pertenece, solo por vivir en las casas que tú les arrendas? Por tal motivo si él te debe dinero, tú me debes a mí en demasía un monto que en adelante ahora a ti te he de cobrar ¿Pero señor no puedes acaso perdonarme de aquel impuesto que en adelante me has de cobrar?  Son cientos de casas las que tendría que pagarte y mi fortuna quedaría reducida a la miseria, habló el rico comerciante. ¿Por qué, hombre comerciante que gozas de gran fortuna, he de perdonarte a ti una deuda si tú no puedes perdonar la deuda de un hombre que no teniendo nada quieres que te pague? El comerciante entonces cayendo de rodillas perdonó la deuda del pobre hombre e imploró para que no se le cobraran tales impuestos por cada una de las viviendas que el administraba. No cobraré esos impuestos, dijo Salomón, pero deberás reducir al veinte por ciento los pagos de arrendamiento por ser éstos un monto justo. El rico comerciante dijo que así lo haría y besando el anillo de oro de la mano de su rey se marchó lleno de sudor. El pobre hombre arrojado en el suelo empezó a besar los pies de su salvador. Y lloraba agradeciendo a su dios por la bondad y sabiduría que Salomón tenía. Luego se contentó limpiándose con las mangas sucias el rostro de hollín. Entonces, con el rostro a la luz pudo el administrador del reino preguntarle ¿Tú no eres Euristides, peón en las fábricas de carbón? El pobre hombre afirmó con una sonrisa. El administrador del reino, entonces se dirigió a su rey señalando al pobre hombre. Mi señor Salomón, este es el hombre que trabaja en sus minas de carbón y que, en el invierno, necesitando una barra de carbón para calentar su hogar, hurtó una barra y se ha negado a pagar. ¿Cuánto puede valer una barra de carbón?, preguntó Salomón. Lo que valen dos panes. Entonces enciérrenlo, que en el calabozo trabaje hasta pagarme con sus manos aquella barra de carbón multiplicada por mil, y que no se le dé pan hasta verse libre. Diciendo esto, el rey se levantó de su trono y se marchó.


Autor: Mikel López-Dávila (cuento inédito de mi próxima serie "Cuentos de la Biblia Negra")


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